miércoles, 20 de abril de 2011

Hasta en la oscuridad se veía luz.

Aquello que te estaba ocurriendo era la suerte de tu vida, no, yo creo que algo más que eso. La suerte de la existencia que pudiera tener cualquier persona.
Había caído en tus manos que aquella persona tan distinta, la persona que solo se encuentran entre un millón estuviera enamorada de ti, y casualmente, tú de ella.
No puedes pensar con claridad, es imposible.
¿Qué hay que pensar?
Nada, eso es. Nada. Sólo disfrutar. Apretarla contra ti. Disfrutar con ella.
El brillo de su sonrisa, la carnosidad perfecta de sus labios, la tonalidad de su piel, esos ojos salido de quién sabe donde.
Ya puede ser la cosa más horrenda sobre la faz de la tierra, pero para ti es perfecta.
La amas, con todo tu ser. Y no te importa nada.
Pero entonces ocurre lo que no querías ni pensar.
Ocurre aquello en que te negabas a pensar las noches que no estaba a tu lado, aquello que con el simple hecho de que rozara tu mente hacía que se te abriera dimensiones de otros mundos en tu pecho.
Ocurre. Y no puedes admitirlo.
Aquello a lo que te habías agarrado.. Desaparece.
¿Qué queda?
Llévalo.. Sólo eso, llévalo. Ni bien ni mal. Sólo, mantenerlo ahí.
Te da pena incluso morirte, no quieres que eso que vive en tu cabeza desaparezca.
Y tampoco seguir así. No sabes qué hacer.
¿Acaso hay solución?
Sí, teñirlo todo con una manta de espesura que haga que el dolor no te barra como si fueras una triste pelusa más en un desierto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario