Erzsébet se encontraba en un día normal y corriente de su vida desde hacía ya tres años. Desde la muerte de sus padres, vivía sola en la casa que su abuela materna le había dejado como herencia al enterarse de la muerta de éstos. Durante todo este tiempo, había vivido con pánico. Con el pánico más asfixiante que cualquier persona pueda imaginar. Se quedó sola en éste mundo, con problemas respiratorios al haber recibido un balazo que le perforó uno de los pulmones por completo. No le quedó otra que aprender a defenderse, aprender a vivir por su propia mano, y aprender que la soledad era su única amiga. No podía confiar en nadie, absolutamente en nadie. Nunca iba dos veces a comprar al mismo supermercado, nunca hacía trayectos largos sin la revisión de ir en su coche supervisándolo todo, nunca habló con nadie más de lo simple por si ésa persona era de la mafia que la estaban buscando. Tenía que ser ágil, rápida, veloz, tan sólo un murmullo en el aire, que nadie la recordara, tan sólo un rostro más sin importar la desmesurada belleza de su rostro. No había día que saliera a la calle -cosa que no era demasiado habitual- que no terminara escondida en un callejón, o deslizándose bajo un coche si notaba que alguien la había estado siguiendo.
Pero para ser ciertos.. no era miedo lo que tenía, no. Era más bien el orgullo de no morir en las mismas manos que mataron a sus padres. Preferiría tirarse a las vías del tren y morir atropellada que recibir la muerte más dulce en manos de ésas personas sin alma.
Según se decía a sí misma, ella tampoco tenía alma, no tenía nada en su interior, tan sólo era un cuerpo que intentaba sobrevivir lo mejor posible y buscar a los culpables.
La idea del suicidio le había rondado por la cabeza un millón de noche, sin tregua. Pero se prometió, que algún día, no demasiado lejano, mataría al capo de la familia que asesinó a sus padres y a su asistenta-la cual siempre consideró una segunda madre.-
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